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Los niños de las maletas y mr. winton

Teatro Español de Madrid

Ustedes quizá hayan visto una emocionante estatua de bronce que hay frente al Teatro Español de Madrid. Es Federico García Lorca que echa a volar un pájaro desde sus manos. El autor es Julio López Hernández, seguramente el mejor escultor español vivo. Pero lo que quizá no saben es que esa escultura no termina ahí. En el vestíbulo del teatro hay otras manos, también de bronce, que reciben el vuelo de un pájaro. Eso quiere decir que la escultura crea un espacio distinto y que ustedes, cuando se paran en la calle a ver a Lorca, están en realidad (lo sepan o no) dentro de la escultura, puesto que se hallan en mitad del vuelo del pájaro. Forman parte de la obra de arte. No la están viendo sino que están en ella, como hizo Velázquez con Las Meninas.

De ese prodigio hay un ejemplo más, gigantesco. En un pasillo de la estación de trenes de Viena, la Westbahnhof, en medio de elegantes tiendas de ropa y perfumes caros, hay un pilar de granito. Encima hay (de nuevo en bronce) una maleta desastrada, y sobre ella está sentado un niño pobremente vestido y con gesto triste. No pasa nada más. El niño parece que está esperando algo (quizá que le vengan a buscar, quizá la salida del tren) y está solo. El autor de la obra, también de estilo realista, es el británico Flor Kent. La escultura se colocó en 2008.

 

En la Liverpool Street Station de Londres (otra estación de ferrocarril) hay un grupo escultórico, una vez más en bronce, de cinco críos cargados con maletas. Aquí ya no están serios: miran a un lado y a otro, sonríen como si viesen por primera vez un mundo nuevo. El artista es Frank Meisler, pero es difícil distinguir su obra de la de Kent. Hay obras parecidas en Berlín, en Holanda, en Danzig. Niños. Maletas.

El enigma se resuelve en otro andén ferroviario, el de la Hlavní Nadrazí Station de Praga. Allí hay un bronce más con cuatro figuras: una maleta enorme, una niña de aspecto agotado y un señor de mediana edad, con gafas, que lleva en brazos a otro chiquillo que parece dormido sobre su hombro. Ahí se cierra la descomunal obra de arte que contiene dentro de sí a más de media Europa, porque el señor con gafas es sir Nicholas Winton, un agente de bolsa británico que, en los años 30, cuando él era apenas un chaval, se empeñó en salvar la vida de niños judíos que –esto se sabía antes de que se tuviese noticia de Auschwitz– iban a desaparecer a manos de los nazis.

Mr. Winton lo tenía difícil. La idea era enviar a los niños a Inglaterra. Háganse cargo: los críos de pocos años tenían que cruzar solos media Europa, saltando de tren en tren con aquellas maletas zarrapastrosas. Repito: solos. Nicholas Winton los llevaba a la estación de Praga y los metía en el tren. Y era indispensable que en Londres hubiese una familia, que no les conocía de nada, dispuesta a acogerlos.

Nicholas Winton salvó así la vida de 669 críos checos, todos judíos. Lo hizo con la ayuda de un teléfono, de los cuáqueros, de los rotarios, de los masones, de los Lions, de Dios y su madre, y con una voluntad indoblegable. Cuando estalló la guerra, en septiembre de 1939, aquello se acabó: ya no era posible meter a los niños y a sus maletas en trenes. Winton no le dijo nada a nadie. Durante medio siglo no se supo aquello: era un trabajo que había que hacer, él lo hizo y se acabó, ¿de qué había que presumir?

En 1988, la esposa de Mr. Winton encontró un viejo cuaderno lleno de nombres, fotos, fechas y direcciones. Lo comprendió todo. Un día, la BBC convenció al anciano Nicholas para que acudiese, como figurante del público, a un programa tonto. La presentadora dijo: “Vera Gefen, ¿sabes que estás sentada al lado de Nicholas Winton?”. El viejo se quedó helado cuando aquella señora de unos sesenta años le abrazó y le besó: “Usted me salvó la vida”, le dijo. El buen Nicholas empezó a limpiarse las lágrimas con los dedos por detrás de las gafas. Dos minutos después se pusieron en pie, a su alrededor, decenas y decenas de personas más: a todos les había salvado la vida aquel viejito tembloroso que no hacía más que sonreír y llorar rodeado de sus niños.

Quisiera que ustedes comprendiesen una cosa. Nicholas Winton combatió con éxito contra un poder infinitamente mayor que él, el del macabro Reich de Adolf Hitler. Lo consiguió. Ahora mismo, mientras ustedes leen esta página, hay como mínimo diez mil niños (sin la menor duda muchísimos más, según Europol), refugiados procedentes en su mayor parte de Siria, que han llegado a Europa y que nadie sabe dónde están. No aparecen. ¿Se han evaporado? No: están, o han estado, en manos de las terribles mafias de traficantes de personas.

Diez mil críos. Pueden ustedes imaginar lo que quieran y se quedarán cortos: esclavitud infantil, explotación sexual, tráfico de órganos. De nuevo es un poder que, como el de los nazis, nadie puede controlar, porque económicamente es poderosísimo. Diez mil niños. A mí me gustaría creer que en Europa hay ahora mismo una legión de Nicholas Winton determinados a salvar la vida de esos críos cuya suerte prefiero no imaginar porque no podría dormir esta noche.

Porque los Gobiernos europeos, ya saben ustedes: a los refugiados, en Dinamarca les quitan lo que tienen, en Hungría los encarcelan, en Suecia los apalean, en el Mediterráneo se ahogan, en Macedonia les dejan morir de frío ante las alambradas de la frontera. Se les tiene por indeseables.

 
 

Sir Nicholas Winton murió el año pasado, a los 96 años, y su callado heroísmo propició la obra de arte más grande del mundo, las estatuas del Kindertransport sembradas por Europa. Cuántos Winton harán falta ante la espeluznante atrocidad que está sucediendo ahora mismo. Diez mil niños que no aparecen, anoten esa cifra. Diez mil niños sin siquiera maletas. Diez mil niños. Que tengan ustedes muy felices sueños.