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El palacio de la literatura de Dublín

Del piano de James Joyce a las notas manuscritas de George Bernard Shaw o W. B. Yeats, todos los fetiches literarios de un país especialmente rico en escritores se encuentran en la antigua vivienda del creador del whiskey Jameson. ¿Casualidad?

A simple vista, parece una casa más, en la céntrica plaza Parnell. De esas que parecen más estrechas por la fachada, pero cuyas escaleras imposibles serpentean por grandes salones enmoquetados. Sin grandes pretensiones, pero con grandes tesoros. La humildad irlandesa asalta al visitante nada más entrar. Está a punto de sumergirse en la vida de una ciudad que ha dado grandes escritores, pero sólo un pequeño cartel anuncia tan letrado viaje.

 

 

El Museo de los Escritores de Dublín se creó en noviembre de 1991, y su ubicación no deja lugar a la casualidad. Puerta con puerta se encuentran las sedes de la Unión de Escritores Irlandeses, de la Sociedad de Dramaturgos Irlandeses, de la Fundación Irlandesa de Libros Infantiles y la Asociación de Traducciones e Intérpretes Irlandeses. Ahí es nada.

Manuscrito del dramaturgo Brendan Behan.

 

 

Si quedaba alguna duda de la sintonía, todas las organizaciones se unen al museo, como buscando inspiración, por un restaurante en el sótano con un nombre de lo más apropiado: Capítulo Uno. Y con unaestrella Michelin, que a las musas hay que alimentarlas...

La casa dieciochesca en la que se ubica la pinacoteca la construyó otro irlandés ilustre,George Jameson, heredero de la emblemática firma de whiskey y responsable de su fama e imagen actual. Su recuerdo respira en cada esquina: ventanas, decoración, mobiliario... Era «un hombre de whiskey», reza una placa. Y muchos de los intelectuales espíritus que acoge también lo eran.

 

 

En una esquina, entre primeras ediciones, valiosísimos manuscritos y máquinas de escribir que dieron a luz páginas para la historia, la joya de la corona: el piano de James Joyce. El autor del Ulises dejaba las letras para la noche. De día, de su indiscutible intelecto sólo salían notas musicales. «Le gustaba remolonear. A las 9, su mujer le llevaba el desayuno a la cama, pero no se levantaba hasta las 11 para ponerse al piano», explica un emocionado guía. Comía ante las teclas, blancas y negras y no creaba una sola frase hasta que caía el sol. Todo ello bien regado con whiskey. ¿Su marca favorita? Adivinen...