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El mejor de los 'cineclubistas'

El productor aragonés trabajó con Buñuel, Cuerda y muchos de los grandes, pero, sobre todo, fue un gran divulgador.

Llega la noticia de la muerte de Eduardo Ducay (Zaragoza, 1926) y la tentación es redactar su currículo: quiso ser director y estudió en la Escuela Oficial de Cine, pero cambió de idea después de hacer de asistente de Berlanga. Luego hizo su carrera, muy notable como productor de cine. Puso en marcha películas comoTristana de Buñuel o El bosque animado de José Luis Cuerda. Trabajó también con Juan Antonio Bardem, Muñoz Suay, Luis García Berlanga, Carlos Saura, José Luis Borau, Alfredo Castellón... Se despidió del oficio con La Regenta, la serie de televisión basada en la novela de Leopoldo Alas Clarín y, desde entonces, con cierta frecuencia, recibió homenajes de sus colegas por su trabajo en la sombra.

 

 

Pero esa enumeración de méritos no sería suficiente. El nombre de Eduardo Ducay evoca, sobre todo, una cultura que ha desaparecido, pero cuyo recuerdo conserva algo encantador e irresistiblemente idealista: el circuio de los cine clubs.

A los chicos de les debe de sonar lejísimos, pero en los años 40, 50 y 60, el acceso a la cultura era un problema material a menudo irresoluble. Contra esa dificultad, quedaba la guerra de guerrillas: los muchachos inquietos de cada ciudadtraficaban primero con información y luego con proyectos y cintas de celuloide con el fin de ver cine, escapar de la realidad, sentirse mejores personas, más sabios, hacer amigos, quizá enamorarse.

 

 

Eran los cine clubs y, paradójicamente, una parte de su éxito se basó en su capacidad para pactar con el enemigo. Una encíclica del Vaticano animó a la iglesia a valerse del cine para su labor evangélica. Las parroquias quedaron abiertas para que esos estudiantes idealistas y no necesariamente muy creyentes,instalaran en ellas proyectores que salían de quién sabe dónde y proyectaran cine clásico, cine mudo, películas de origen atípico. Algunas, ¡incluso soviéticas! Su éxito aguantó hasta los años 70, cuando el fin de la censura y el éxito de la televisión se comieron a su público.

Hay un relato de José María Conget que retrata aquel mundo: los bancos de madera, el olor a iglesia, el frío, el ambiente viril... Y la felicidad por descubrir películas inimaginables. Ducay era, como Conget, de Zaragoza. Sus recuerdos, probablemente, eran los mismos.